El Complejo Oleaginoso en Argentina

Lic. Gustavo López, Consultor de la Fundación Producir Conservando



A diferencia de otras economías con mayor grado de desarrollo, el sector primario y en particular el agropecuario en Argentina tienen una importante incidencia en cuanto a la participación en el Producto Bruto Interno, las exportaciones totales, y otras variables fundamentales de la economía local.

La importancia es relevante si se la mide como generadora de ingreso de divisas por la exportación, de ingresos fiscales y tributarios, y como un elemento fundamental para las economías regionales en cuanto a la creación y derrame de riqueza, y el aporte sustantivo de empleo directo e indirecto, considerando los sectores involucrados en ella.


Ello se dio aún en un esquema de políticas agrícolas que a diferencia de otros orígenes no se caracterizó por ser proteccionista; por el contrario, el productor argentino tuvo que afrontar una serie de impuestos, muchos de ellos distorsivos (retenciones) que redujeron significativamente sus márgenes.


En ese marco, se desarrolló la agroindustria probablemente más pujante, dinámica y eficiente de nuestro país y una de las más competitivas del mundo, como es sin dudas la industria oleaginosa local.


Las ventajas comparativas de ésta, con el resto de los orígenes, se basa en al alto nivel tecnológico adoptado, su gran capacidad y escala, una alta oferta exportable por los bajos niveles de consumos internos, la diversificación en el procesamiento de productos, y la localización mayoritariamente ubicada en las cercanías de los puertos de embarque.


Es el único caso de una industria con un crecimiento tan veloz, relacionada al incremento de la producción y una demanda muy dinámica de todo el complejo en muchos países.

En solo tres décadas la capacidad de procesamiento de los oleaginosos, soja y girasol en particular se quintuplicó.


Hacia fines de los años 80’s la capacidad instalada total rondaba las 14 mill/ton, con un grado de utilización del 70 y el 75% de la misma.


Este volumen representaba en total, para los 330 días de uso, que es lo que suele tomarse, considerando el tiempo ocioso para mantenimiento y reparaciones cerca de 35.000 toneladas diarias de procesamiento, algo así como el equivalente a un buque Panamax.


Por entonces la presencia de la soja ya era dominante y aquellas plantas que tenían la dualidad de hacer soja o girasol, alcanzaban al 70%. De ellas, el 60% se ubicaban en las proximidades de la zona portuaria tradicional de las costas del Paraná.


Así lentamente, se iban reemplazando las viejas prensas, especialmente dedicadas al lino, que permitían la extracción del aceite con un subproducto con alto tenor graso: el expeller, por las más modernas extractoras por solvente, que permitían lograr más rendimiento de aceite con derivados más magros como las harinas y los pellets.


Este proceso fue coincidente con la aprobación de las nuevas variedades genéticamente modificadas (GMO) que en el marco de un paquete integral de técnicas agronómicas (siembra directa, fitosanitarios -glifosato-, etc.) muestra un crecimiento exponencial, superando a mediados de la década actual las 20 millones de hectáreas, con una participación relativa superior al 90% entre el grupo de los oleaginosos y el 60% en cuanto al total de los cultivos anuales.


Las políticas de entonces, plenos años 90s, sin retenciones para los derivados de la industria, incluso en algunos casos con pequeños reintegros de impuestos internos y un arancel diferencial respecto de la materia prima del 3.5% , potencio ese crecimiento.


A inicios del nuevo siglo la capacidad siguió expandiéndose, aun con el retorno de derechos de exportación, que alcanzaron niveles prácticamente confiscatorios.


Recordemos que en el año 2008, la ambición del Estado por hacerse de más recursos llevo a querer apropiarse sin éxito, de los ingresos marginales del sector productor, que pasaba un tiempo de bonanza en materia de precios internacionales. La famosa Resolución Nº 125 fue la prueba más fiel, donde las tasas implícitas de retenciones, llegaron a superar el 50% del valor fob de exportación.


A pesar de ello la apuesta era creciente. Para el ciclo 2011/2012 la capacidad total seguía creciendo y llegaba a 60 mill/ton con un equivalente diario de 180.000 tons lo que permitía disponer de más de 3 o 4 barcos diarios de harina de soja, o bien el equivalente a uno de aceite.


El total de capacidad instalada en la actualidad oscila en torno a las 67 mill/ton, algo más de 205.000 ton/dia, con un componente para la transformación de aceite a biocombustible superior a las 5 mill/ton.

Luego de China, que prácticamente duplica esta cifra, es de las más altas de mundo, superando incluso a Brasil y los Estados Unidos, que fluctúan en torno a los 60 millones de toneladas cada uno.


Ello se concentra en solo un par de docenas de plantas de muy alta eficiencia donde llegan a elaborarse hasta 30 mil toneladas por día. Ello también la diferencia de sus competidores en cuanto a la escala y su ubicación, concentrándose en su mayor parte en la vera del Rio Paraná, principal salida de la mercadería hacia el exterior.


Hacia fines del año 2019, el incremento en las retenciones en 33% para toda la cadena, con la eliminación de los aranceles diferenciales, y la caída de los precios de los oleaginosos, se vio reflejado en una menor producción y molienda, por lo cual la ociosidad de las plantas alcanzo el 55 / 60% producto de los bajos márgenes del negocio.

No obstante ello, el sector sigue siendo el líder en el aporte de divisas provenientes de la exportación, con más de 15.500 mill/dol que se incrementan a 18.500 mill/dol anuales, si se considera la exportación del poroto de soja, con una contribución al fisco en materia de derechos de exportación solamente de cerca de 6.000 mill dol.


Estas cifras representan el 65% del ingreso por exportaciones todo el complejo granario y más del 40% de las exportaciones totales argentinas.

Los mercados de destino del complejo oleaginoso argentino son muy disimiles según se trate de cada producto.

Cuando hablamos de poroto de soja, vemos que los envíos argentinos se orientan mayoritariamente al principal comprador mundial que es China, quien absorbe más del 90% de nuestro saldo exportable. Cabe consignar que el “gigante” asiático participa en el 60% del comercio mundial de poroto.


Por su parte, Argentina es líder en la exportación de derivados.


En materia de aceites, nuestros envíos se orientan a países con menor grado de desarrollo, es decir aquellos que no tienen capacidad de molienda propia ni demandan una gran cantidad de harinas proteicas.


En aceite de soja su “market share” alcanza el 49%, según las previsiones del USDA para el ciclo 2019/20 cercanas a 12 mill/ton. Nuestro principal cliente es India quien importa el 50% del total mientras que el resto se orienta en un 20% a países del sudeste asiático (Bangladesh, Pakistán, etc.) y el resto a África del Norte (Egipto, Marruecos, Argelia etc.) y Sudamérica (Venezuela, Perú).


En harinas también mantiene su liderazgo con una participación mundial del 45%, según el USDA sobre las 69 mill/ton previstas de comercio total. Aquí los destinos están más atomizados. El sudeste asiático participa en el 30% del total; los volúmenes de Vietnam, Indonesia, Malasia, Filipinas etc. son muy relevantes y su tendencia es seguir creciendo en el tiempo.


La Unión Europea es otro importante demandante con más del 20% del total de los envíos, en especial a Italia, España y el Reino Unido.


La otra mitad se reparte entre África del norte (Egipto, Argelia, etc.) Medio Oriente (Arabia Saudita, UEA, Irán, etc.) y Sudamérica.


El biocombustible se orienta exclusivamente a la Unión Europea, con volúmenes cercanos a las 1.2 mill/ton.

En tal sentido, cabe recordar que este destino estaba cerrado hasta hace unos años atrás, cuando los europeos pidieron un “panel” en el marco de la OMC, por supuestas prácticas de dumping, el que fue resuelto a favor de Argentina.


En la actualidad se mantiene cerrado el mercado de los Estados Unidos, quien había suplido a Europa oportunamente, por similares planteos, los cuales están aun es discusión.


Finalmente, existen una serie de derivados de la industrialización de la soja, tales como la Glicerina, Lecitina, etc. que solo representan el 1% de las exportaciones del complejo, aunque están en plena expansión.


Ello nos lleva a pensar, en estos tiempos donde el concepto de valor agregado es el leitmotiv por excelencia de cualquier político, la necesidad de seguir promoviendo a industrias de estas características con el peso que tienen en la economía y en la sociedad, generando una porción importante de los empleos del país directa e indirectamente, con políticas activas de incentivos que permitan que sigan siendo aún más competitivas.


Argentina carece de un Plan Estratégico de Largo Plazo y su política agroindustrial atiende únicamente necesidades de orden fiscal del Estado argentino.


Definido lo político, se debería contar con un plan económico integral orientado al control de la inflación, el crecimiento del consumo interno, de las exportaciones y la mejora del empleo.


Ello implica profundos cambios estructurales que abarcan una reforma fiscal, impositiva, laboral, previsional, que sin dudas son hoy las principales limitantes del sistema productivo.


La carga fiscal que soporta el sector es inviable. Resulta imposible continuar expandiendo las exportaciones, con un esquema de derechos de exportación como el actual.


Al mismo tiempo, se presentan carencias legislativas relacionada a la propiedad intelectual (ley de semillas), de arrendamientos para el cuidado de los suelos y del agua y un mayor incentivo a la investigación y desarrollo tecnológico, orientado al incremento cuali –cuantitativo de la producción.


En el marco logístico, deberá trabajarse especialmente en la disminución de los altos costos de movilización interna, fortalecimiento de los ferrocarriles, en especial para cubrir las distancias mas extremas, falta de almacenaje, ampliación de puertos, etc.

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